viernes, 28 de junio de 2013

Con marcas de calcetín

Es la imagen que se me viene a la cabeza de mis primeras semanas de maternidad. Semanas que pasan volando y en las que te tienes que adaptar a marchas forzadas a tu nueva vida.

La cosa se complica si el nuevo miembro de la familia cuenta ya con un hermanito mayor. Ahí sí que... prepárate amiga. El trabajo no es que se multiplique por dos, es que directamente pasa a nivel infinito en espiral, tipo bucle. Te pasas el día recogiendo, ordenando, lavando ropa, recogiendo ropa, haciendo baños y poniendo pijamas, quitando cacas y pises, comprando pañales...

Volviendo a los calcetines, en esa primeras semanas, yo pasaba en 2 minutos de ser ama de casa con un bebé pequeño, a ser madre que tiene que ir a recoger a la guardería a un niño un poco mayor.

Eso suponía pasar de llevar traje de ama de casa (vale cualquier chándal desparejado, cualquier camiseta vieja...) a ponerse ropa de salir a la calle. En casa, con zapatillas y calcetines. A la calle con bailarinas y las piernas al aire. El primer día que me di cuenta de que estaba en la calle con las marcas del calcetín apretado por encima de los tobillos pensé, di un paso hacia atrás, pensando, ¿me da tiempo a cambiarme y ocultar estas marcas? y un paso hacia adelante, de nuevo dirección a la guardería, pensando, ¿qué es más importante, llegar a tiempo a recoger al niño a la guardería, o ser la "reina" del "glamour de barrio"?

Cualquier madre entenderá que ganó por goleada la primera opción, y sabrá de antemano que esas preguntas pasaron fugazmente por mi mente en cuestión de nano segundos. Una madre no tiene un segundo que perder cuando se trata de ocuparse de sus hijos, en días de horas insuficientes, cargadas de tareas, cansancios y aún así, también, remordimientos de conciencia por saber que nunca se llegará a todo con la dignidad que una querría.







jueves, 13 de junio de 2013

Viajar es un placer: Islandia

Supongo que a todos nos pasa. Te vas de viaje a un sitio, y ese sitio se queda dentro de ti, como si lo conocieses de toda la vida, también como si un trocito de ti se hubiese quedado allí y necesitases volver de vez en cuando.

Si bien siempre tengo muy presente la frase de una canción de Sabina "al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver", a Islandia he vuelto muchas veces. Aunque ninguna físicamente...

Islandia fue parte de mi luna de miel. 4 días de 24 horas de luz, kilómetros de carretera, paisajes únicos, olores, sabores, lugares... Cuando llegó el momento de ir al aeropuerto hacia el siguiente destino, os prometo que tenía ganas de cualquier cosa, menos de irme de allí. Y eso que el siguiente destino no desmerecía para nada (quizá hablemos de ello en otro post).

Hoy de nuevo, con ganas de ir a Islandia, me he planteado qué haría allí. Y creo que cumpliría la letra de la canción. No volvería a Geysir, ni a Jökulsárlón, ni a Vik, ni a Hallgrimskirkja... Ya sólo me saciaría vivir allí una temporada, volverme islandesa, frecuentar lugares, cafés con encanto, hacer la compra, pasear, ir a piscinas calientes al aire libre...

 
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