viernes, 26 de diciembre de 2014

Los amigos que gané

Pensando en cuál puede ser la mejor forma de hacer balance del año, me he dado cuenta de una de las mejores partes de 2014 está en todos los amigos que gané. Es curioso porque la mayor parte de ellos son personas que ya estaban en mi vida, algunas de ellas desde hace bastantes años. Pero este año que casi acaba me he dado el placer de poder conocerlas más a fondo. Lo he hecho sin darme cuenta, pero guiada por dos cosas que desde hace varios meses he tenido presente en mi día a día: la primera, la necesidad de rodearme de personas que aporten algo a mi vida y la segunda, el deseo de averiguar y ahondar en el elemento que me une a cada una de ellas.

Yo no sé si esas personas pensarán lo mismo, si yo les aportaré mucho o poco, pero espero que sí piensen al menos que les he aportado algún que otro momento de complicidad. 

Gunnar Smoliansky

En cualquier caso, cierro el año con un puñado de nuevos amigos a los que espero saber cuidar desde ahora.

Al igual que hay amigos que llegan, hay amigos que se van. Y aunque este año ninguno ha salido, sí que a menudo me he ido acordando de los amigos que perdí en mi vida. Supongo que esta canción tendrá algo de culpa. Me he ido preguntando en esas ocasiones porqué hay personas que salen de tu vida, sin que pase nada, sin que haya discusiones ni mal entendidos... simplemente son personas a las que dejas de ver y un día te das cuenta de que han pasado meses o años sin una llamada. Y me entristece pensar que un día hubo complicidades, risas y momentos que te unieron mucho a una persona y que de eso ya no queda nada. Y hay algo que me inquieta muchísimo más, y es preguntarme si esas personas se acordarán igualmente de mi. Y me duele tener que respetar ese vacío y algo en mi se resiste a asumir que la vida es una sucesión de personas que entran y salen del escenario.

Pero la otra cara de la moneda que se resiste es la de saber que no me guían los lastres hacia el pasado, sino las miras en el presente y si se tercia, algunos planes de futuro. 

Y bueno, no todo son amigos que se van y amigos que llegan. Lo mejor son todos esos amigos que algún año como este gané y que continúan en mi vida. Porque cuando quieres a alguien a tu lado, juegas todas tus cartas hasta resultar vencedor. 

lunes, 22 de diciembre de 2014

Dando contenido a la vida



¿Somos por dentro o somos por fuera? Lo de fuera se pierde, aunque seamos también por fuera. Se puede perder la casa, el coche, los amigos y la familia, las ropas, las cortinas y las tazas de café. Sólo nos tenemos verdaderamente por dentro. Cada vez me hago más frecuentemente la pregunta, ¿somos por fuera o por dentro? Nos quedan los momentos…


Tratando de dar contenido a mi vida, pienso. Pienso qué me gustaría hacer si mi vida fuese bohemia. Lo primero que se me viene a la cabeza es cualquier personaje de Baroja, ser un Vicente Paradox, con una buhardilla en el barrio de las Letras, llena de cachivaches, una vida estrafalaria con amigos y porteros de edificio que den sin sentido a los días. 


Dado que eso es el punto totalmente opuesto a mi vida, y lógicamente también a mis expectativas de vida, pienso qué haría yo con todo el tiempo libre posible para una mujer con familia, responsabilidades y obligaciones. Y esto es lo que se me ocurre:


    Ver muchas películas. De las buenas, de las que nadie debería perderse en la vida. Clásicas, actuales, pelis que se acaben y se queden contigo,  que te pongan un nudo en el estómago, que te hagan hablar de ellas con tu marido, con tu mejor amiga, recomendársela a todo el mundo sin parar. Y guardarlas con las pelis favoritas para verlas los días de gripe y cama.

Leer muchos libros. De los buenos, de los que enganchan y te lees en 2 días, de los que estás deseando tener 2 minutos libres para zambullirte en ellos. De los que te dejan un poso y quieres leer más de ese autor, conocer todo de ese autor, casarte con ese autor. De los que te cambian la vida, de los que hay frases que se te graban a fuego y se te vienen a la cabeza con motivo o sin él. Encontrar páginas que explotan, páginas que hieren y estigmatizan…De los que te hacen crecer por dentro. 

Tener muchas conversaciones. De las de tú a tú, en un McDonalds, ante una pizza, en un banco del parque, en el sofá de casa con una taza de café o una coca cola con rajita de limón y unas patatas fritas de bolsa. Conversaciones eternas, de horas, de discutir emociones, de compartir libros y pelis de las buenas, de miedos, esencias y proyectos de futuro. De qué es el amor. Conversar como si siempre tuviésemos 16 años.


Viajar mucho. Sola y en compañía. Volver a sitios, descubrir otros. Viajar sin rumbo, sin mapa, sin horarios. Viajar con plan, con mapa y horarios. Recrear viajes en la cabeza, tener flash backs de sitios a los que una vez fuiste. Ir un día en el coche y dejarse llevar, hasta acabar no se sabe dónde y llamar a tu amor para que vaya a buscarte... y que te encuentre, claro.



No vivir sin música. Seguir descubriendo canciones que te mueven a lo más alto, que te hacen llorar un día en el coche de camino a cualquier lugar. De las de cantar sin oírte en un concierto, con cientos de personas alrededor y sentir que no existe felicidad más plena que ese segundo de tu vida. De las de quedarte sobrecogida. De esas que se eligen para grandes momentos de tu vida. De las que conoces un día en el que no sabías que ibas a encontrarte con una de las grandes canciones de tu vida, y ese momento también se te queda grabado.



    Volver a jugar con los niños como si fuese una más, sin reloj, sin urgencias, sin pensar en que hay otras cosas por hacer, porque...


Y bueno, a lo mejor no se me llena tanto la vida, porque a mi vida le puedo pedir poquito más de lo que ya me da. Pero todas esas cosas son las que me apetecería hacer casi a cada rato, las cosas que siempre me ha gustado hacer y a las que al final, menos tiempo dedico.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Adornos de Navidad

Cómo últimamente me estoy poniendo en plan pensadora profunda de superficialidades, hoy me pide el cuerpo ir por otros caminos. Escribir cosas demasiado obvias o que vayan con la época del año no va mucho conmigo (más bien no me sale) y para no engañaros, en el fondo quería escribir de días de verano y cosas que pasaron en vacaciones. Pero he pensado que es menos raro hablar de verano en febrero, que hacerlo de adornos de Navidad en Julio. Así que hoy me toca hablar de cosas que podemos hacer para decorar nuestra casa en estos días navideños.

En mi familia, si bien ya he dicho que en general siempre se hacen cosas de todo tipo con lo que se pilla más a mano, es cierto que vivimos una época de diy efervescente, alimentada fundamentalmente por mis padres, que ni siquiera saben que el tan nombrado diy está de moda.


DIY NAVIDEÑO: GUIRNALDA DE PIÑAS


Cosas que se necesitan:
- Una conexión a internet y algunas horas de inmersión a pinterest
- Una escapada de fin de semana al bosque
- Un par de hijos que nos ayuden a recoger piñas
- Unos padres con tiempo libre para ir al Lidl a comprar chuminadas
- Una hermana habilidosa
También necesitaremos otras cosas que podemos tener por casa: pintura, pinceles y pegamento

Es muy fácil. Se limpian un poco las piñas, se pintan con un poquito de blanco par darles el toque navideño. Con dos tipos de cintas hacemos la guirnalda, una de ellas la usaremos para formar la guirnalda, y la otra para unir las piñas a la guirnalda.

Queda algo así:

Y el diy navideño por excelencia en casa de mis padres es el de "armar el Belén"... aunque el Belén de verdad, no el del sentido figurado. Confieso que mi interés por los Belenes es inversamente proporcional al interés que ellos demuestran. Y por ello este año he alucinado y me siento orgullosa del tinglado que han montado para poner su Belén más bonito que nunca. Pasé el sábado entero con ellos y creo que pude ir a mirarlo unas 6 veces. Dejo aquí tan solo un pequeño ejemplo.





lunes, 8 de diciembre de 2014

El punto de no dolor

No se si este término existe o si existe el concepto y se llama de otra manera. Para mi se llama así, el punto de no dolor. Se puede aplicar a (casi) todos los aspectos de la vida. Pero hoy lleva todo el día rondándome en la cabeza sobre una de las cosas a las que yo lo aplico.

El punto de no dolor es ese al que llegas después de sufrir por algo y es maravilloso llegar a él. No lo veo como un punto doloroso físico, sino como un punto límite de nuestra mente. Es un punto de superación, de saber que puedes seguir adelante después de darte cuenta de que lo que te trae a mal traer no es para tanto. Si una persona te decepciona, llegarás al punto de no dolor en el que seguirás incluyendo a esa persona en tu vida, pero ya no sufrirás por las siguientes decepciones. Si tu novio te deja, llorarás amargamente, pero llegarás al punto de no dolor y te parecerá absurdo haber estado llorando por ese tipo que nada pintaba en tu vida. Si te va mal en general, llegarás al punto de no dolor en el que te pondrás las pilas para salir de ese agujero y luego te darás cuenta de que no hizo falta estar tanto tiempo cavando. 

Desafortunadamente y como decía al principio, el punto de no dolor no sirve para todo, y en ese casi, por pequeño que pueda parecer, entra la enormidad de lo que es la vida al fin y al cabo. Pero no es este post para ponernos tristes. Así que vamos al punto de no dolor que lleva hoy conmigo todo el día y que a fin de cuentas no es nada metafísico.

Este año me ha dado por correr. Corro poco. A mi me parece poco. Poquíiiiissssimo. Pero a lo largo de 12 meses de inconstancia estoy consiguiendo correr ese poquito. Stop desde este momento a todos los locos runners que miden su vida en función de km, minutos y segundos, medias y rutas. Nunca llegaré a vuestro nivel. Me aplico el cuento de que no quiero ser mejor que nadie, sino tan sólo mejor que yo misma ayer. Por eso, cada medio metro arañado en mis salidas me sube la moral y cada día que salgo y corro menos que nunca no me permito el castigo, sino que sigo pensando que fui mejor que ayer, ya que ayer no salí a correr.

No corro por moda. Si fuera por eso, la moda de correr ya la practicaba yo a los 16 años con mi amiga Mónica, los sábados y domingos a las 9 de la mañana dando vueltas al parque del barrio. Corro por ser práctica. Porque trabajo, tengo 2 hijos y poco tiempo. Y si corro, en 30 minutos me he ventilado la tarea y puedo seguir con mis cosas. Salgo el día que quiero, a la hora que quiero, por donde quiero y escuchando la música que quiero. Y cuando no quiero no salgo y no me escuece la mensualidad del gimnasio.

¿Y qué tiene que ver el punto de no dolor? Pues porque cuando corro, igual que me pasa cuando nado, llego siempre al punto de no dolor. Ese en el que dejo de sufrir, en el que deja de faltarme la respiración, en el que no siento ya el frío ni la pereza, en el que la mente empieza a pensar en otras cosas ajenas a la carrera, y por tanto podría estar un buen rato más corriendo si no fuera porque en algún momento vuelvo a ser consciente de que estoy corriendo. El poder de la mente es fundamental para salir a correr y alcanzar ciertas distancias.

Esta última semana he sido más consciente de ese punto que en todo el año. Quizá sea porque (loca de mi) tengo mi dorsal para la San Silvestre Vallecana. Y porque los 97 km que llevo corridos a lo largo de este año (ya os decía que corro muy poco) aún no me tienen preparada para afrontar los 10 km el día 31. Y estoy como en época de exámenes, pensando que si me atoro de correr ahora voy a acabar el examen final con dignidad. Así que salgo a correr como el que va a la biblioteca, con muchas expectativas. Pero en el km 1,5 estoy que exploto, no respiro, no se cómo meter aire a mis pulmones. Pero... 200 metros más allá me recompongo, me centro en escuchar las canciones y en pensar qué me apetece hacer el resto del día o de la semana. Empiezo a entrar en el punto de no dolor. También ayuda, no nos engañemos, que en el km 2 empieza la cuesta abajo. Consigo estar 2 km más en punto de no dolor, que casi ni me entero de lo que estoy haciendo porque mi mente está por otros sitios. Ya respiro sin dificultad, no me acuerdo de lo mal que lo pasé al principio de la carrera y por el contrario, me siento genial. Pero algo me pasa en el km 4, que vuelvo a darme cuenta de que estoy corriendo, que estoy empleando ya más tiempo en esto que en otras cosas que me gustan mucho más, que quizá debería ir volviendo ya a casa para aprovechar mejor el tiempo, que quien me mandará a mi apuntarme a la San Silvestre, si desde el momento en que me estaba inscribiendo ya me estaba arrepintiendo. Así que el km 5 y último se me hace pesado, aburrido y obligatorio, con todo lo que esa palabra conlleva. Sin embargo no podría vivir ahora mismo sin ese km 5. Me faltaría algo.


Aunque lo cierto es que me faltan 5 km más. No paro de preguntarle a mi marido si acabaré la San Silvestre. Siempre me dice que sí. Y no paro de preguntarle si la acabaré en menos de 60 minutos. Y siempre me dice que no. Que es imposible correr, que hay tanta gente que te puedes pasar los dos primeros kilómetros casi andando. Y a mi me entra la ansiendad, porque quiero empezarla y acabarla. De hecho, quisiera tenerla ya hecha. Porque hago mío el lema #werunmad, que me da a mi que lo de mad no lo ponen por Madrid precisamente...
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...