lunes, 31 de agosto de 2015

Llegando a fin de mes



¿Cómo se puede empezar esto? Uno de los días más duros del año, encima Lunes. Que ya sabéis que los lunes me suelen parecen maravillosos, pero esta mañana a las 7, sin ganas de desayunar (¡YO!), con un sueño mayúsculo y unas ganas de volver a la cama para el resto del curso… no le veía lo estupendo por ningún lado.  


Hoy se cierra el mejor mes, el que suele empezar con el mayor madrugón del año, pero el que menos cuesta. El mes de desorden horario y ausencia de reloj, pero también el mes de la ausencia de cansancio, aunque una siga levantándose a las 8 de la mañana porque los niños tienen prisa por comerse el día, que no el desayuno.


Aún a riesgo de ahondar más profundamente mi depresión post-vacacional, resumiré mi Agosto lo mejor que pueda.


El festival de regalos que comenzó una semana antes de mi cumple, siguió los 3 primeros días del mes. Me he pasado el verano entero calzando mis nuevas Chocolaticas, toda una sorpresa que me llegó al salir de una ducha, en la que me pasé pensando "me las tenía que haber comprado". No se si será influencia por haber leído "El Secreto", pero a veces, no hace falta más que lanzar un deseo al universo para que te sea concedido. La intermediación de un marido detallista y atento siempre ayuda, no nos engañemos.


Y el último regalo, “en diferido” que me llegó con un wasap que decía “abre mi maleta, encontrarás un regalo”. Ese regalo me ha llevado a conocer este último fin de semana un sitio cargado de historia y monumentalmente impresionante: Guadalupe.

Ayer sobre el mapa del tiempo explicamos a Diego que este verano habíamos recorrido 3 de los cuatro puntos cardinales. Nos quedó pendiente el Sur.


Sin duda para los niños, la mejor parte de las vacaciones ha sido la dedicada a la playa. Creo que para ellos vacaciones son precisamente eso. No les vale que les digas: ¡hala, qué suerte, estás de vacaciones! (pero te dejo a las 8 en el campamento de verano), ¡¡¡guauuu!!! Que sí, que ellos se lo pasan bien. Pero vacaciones no son eso. Ellos no ven que sea eso.


Vacaciones es que un niño de (casi) 5 años tenga ojeras porque no quiere salir del agua en 4 horas, quiere seguir en la piscina 2 horas más, no quiere echar la siesta porque quiere echar 4 ocas, 3 dobles, 5 partidas a Spiderman y 2 a la Doctora Juguetes. Y después de eso, meterse a las olas 3 horas más y otra y media a la piscina. Luego, devorar la cena en 5 minutos (¡milagro!) y seguir jugando a lo que sea con su adorado primo.


Por el Norte pudimos hacer algo de turismo, visitando Astorga y sus Maragatos. Ponferrada y su castillo templario. Foz y sus gaviotas sobrevolando la playa de A Rapadoira. Cudillero y sus miradores con vistas. El Cabo Vidio y su fuerte viento. Y la Playa del Silencio, con la fuerte lluvia que trajo el fuerte viento. Nuestra excursión se vió truncada a las 11 de la mañana, toda vez que nuestra única ropa de abrigo para todo el verano quedó empapada, y acabamos pasando un día de puertas adentro viendo cómo llovía fuera y jugando a la oca como si no existiera el mañana.


Y como os decía, acabamos el mes viendo Guadalupe, sus calles, fuentes, monasterio, reliquias y campanas. Nuestro Agosto por Norte, Este y Oeste.


El mes ha dado para lecturas, siestas, cafés, alguna que otra carrerita por costa e interior y noches de mirar estrellas. La semana en el pueblo dio para esto y más. El cielo de Tierra de Campos, único para divisar maravillas. A simple vista pudimos ver pasar satélites e incluso a la Estación Espacial Internacional. Y visitando el que parece ser el único observatorio astronómico de Zamora pudimos ver nebulosas, constelaciones, la Estrella Polar y para mí, lo más alucinante, poder ver Saturno y su cinturón de asteroides. Anoche Diego me decía que él quería haberlo visto más grande. Sin duda, yo también, pero esa imagen de ese planeta lejano, en el silencio, con sus turbulencias, plenamente iluminado… me parece casi mentira haber podido ser testigo de unos segundos de su intimidad. Aunque casi igual de sobrecogedor fue cuando el pastor dueño del observatorio, mirando el cielo a simple vista, me dijo "¿ves esa zona más blanquecina? Es uno de los brazos de nuestra galaxia...".

Agosto dio de sí para muchas más cosas, que espero contaros en los próximos días. Pero hoy no me puedo guardar que este mes nos dejó a mi hijo y a mi nuestra primera partida de parchís como rivales. Para ser la primera no estuvo nada mal. Última baza, ambos a 1 para llegar...
¿Adivináis quién ganó? Él no sólo lanzó su dado al tablero... lanzó su deseo al universo ;)

jueves, 27 de agosto de 2015

La bella Ainsa y el divertido y sabroso Callizo



Hay cosas que se quedan en los cajones durante un tiempo, las aprecias, las disfrutas, pero no las sacas de ahí. Esto es lo que me ha pasado con la entrada de hoy. Os hablo de cómo nos fue por uno de los destinos elegidos para pasar unos días del pasado verano. Pero sobre todo os hablo de Callizo, un restaurante indescriptible al que, aviso, tienes que ir casi obligatoriamente si estos días estás cerca de Ainsa o si planeas ir algún día en el futuro.


La historia fue como te la cuento. Una semana en Huesca, alojamiento elegido en Ainsa por muchos motivos que no vienen al caso (de esas coincidencias que tanto me gustan y que me hacen decidir que a ese sitio hay que ir). Mi marido, que ya he dicho alguna vez que vive para conocer sitios donde comer distinto, tenía claro que quería ir cierto sitio, pero no me decía el nombre para que no intentase averiguar cosas por Internet. Desde el minuto cero del partido tuvo claro que quería ir a Callizo, pero hasta el minuto 85 no llamó para reservar. Vamos, que era el último día de nuestras vacaciones, a las 12 de la mañana, cuando se nos ocurrió que a lo mejor convendría reservar. Decidimos llamar y nos dijeron que tan sólo les quedaba una mesa para 2 y que si íbamos con los niños quizá estaríamos un pelín incómodos. Igualmente reservamos, ya que los niños siempre acaban comiendo muy pronto y podíamos hacer 2 turnos: aperitivo-comida de los niños y comida-homenaje de los mayores.


Listo, mesa reservada, pero la pena va invadiendo a mi marido, que se culpa de no haber reservado antes, que se le va amargando el momento, pensando que va a comer en el sitio que eligió semanas antes en una mesa ridículamente pequeña y mal ubicada.


Con el ánimo un poco decaído, nos fuimos acercando a Callizo. Mesa a las 13.30, que se avecina una comida larga. Y lo que nos encontramos no tuvo nada de desilusión, sino todo lo contrario. Una mesa junto a la ventana, desde la que veíamos la animada terraza y parte de la muralla de Ainsa. Cabíamos de sobra y encima con vistas.


Así comenzó una fiesta gastronómica de 12 platos (denominados escenas) que componían el menú Piedras. Lo primero que debería decir es que la mayor parte de los productos con los que fue elaborado el menú eran de Huesca y otros muchos platos eran la reinvención de comidas típicas de la tierra. Cada plato efectivamente suponía una escena distinta en este viaje, servido de manera independiente para crear un espacio a su alrededor y con toda una parafernalia asociada: llegada, acomodación del escenario/atrezzo y presentación. Finalizaba la escena nuestra alegre degustación. 


Sin entrar a repasar cada uno de los 12 platos, os diré que comenzamos comiendo Nada y Pétalos de rosa (entrantes con truco), seguimos saboreando entrantes con queso, olivas, aceite y sal de la tierra, setas, trufas, primeros con pescados, carnes, arroz y quizá mi plato favorito, por cómo fue recreado, “La Pascua de Pentecostés”, fiesta en la que los lugareños van al campo y almuerzan cordero a la brasa. A nuestra mesa vino un auténtico picnic, con su bolsa de tela hecha a mano, aroma de romero y chuletitas de cordero en pequeñas parrillas a la brasa.


Una comida tan divertida y visual tendría un final apoteósico. Sobre nuestra mesa recogida colocaron un lienzo blanco y empezaron a verter mieles, frutos secos y mermeladas, reservando el centro para una esfera de chocolate espectacular. De su interior y como si fuese un volcán comenzó a salir humo y pequeñas chispas de peta zetas, y una vez acabado el jolgorio el camarero cogió la esfera y bueno… casi mejor que vayáis a Callizo. Sólo os diré que mis hijos reían a carcajadas, comiendo los dulces manjares que albergaba la bola de chocolate. Y bueno, también os diré que algunas mesas de alrededor observaron con alegría la sincera felicidad que se creó en nuestra mesa ante tal postre y al irnos, la pareja de la mesa de al lado se ofreció a hacernos una foto de familia. Quiero pensar que sintieron nuestro entusiasmo y quisieron formar parte de nuestra particular magia de Huesca.


Ante el éxito actual que viven los restaurantes, con toda su historiada celebración de estrellas michelines, hay quien dice que Callizo nunca entrará en ese circuito porque no es un lugar serio. Mi opinión es que una persona que es capaz de crear platos deliciosos y únicos, visuales y que además hace que seas feliz en su restaurante quizá no merezca una estrella michelín, ni dos ni tres, sino que merecería la creación de una categoría de premios distinta. 


Así que no lo dudéis, si este verano estáis por Huesca id a Ainsa, llenaros las vista con su belleza y disfrutad de un menú de Calliizo en nuestro honor. Nosotros volveremos sin duda... cualquier otro verano.
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