domingo, 26 de marzo de 2017

Tortitas de avena con fresas y crema de cacao y avellanas

¡Buenos días!

Hoy vengo con una receta nueva para Mi recetario yummy!!! Se trata de una receta de desayuno, ideal para los domingos slow en los que queremos un desayuno reconfortante, o para los días en los que necesitamos una dosis de energía extra. Aunque parezca que al tener que echar mano de la sartén vamos a tardar una eternidad, todo lo contrario, se hace en un pis pas.



Además es una receta bastante sana, alejada de la bollería industrial y de los ingredientes más polémicos del momento.

Yo las hago con la Thermomix y mientras ella bate yo adelanto con la fruta o el café... Pero es tan sencilla que se puede batir a mano o con cualquier otro aparato que tengamos en casa.

Ingredientes para 4 tortitas:

4 cucharadas de harina de avena
1 huevo
Medio vaso de leche, bien de vaca o cualquier otra bebida vegetal que os guste
Una pizca de canela en polvo
Fresas o plátanos
Crema de cacao y avellanas casera

Creo que la próxima vez le pondré una pizquita de sal...


Elaboración:

Meter todos los ingredientes en la Thermomix y batir 3 minutos a velocidad 3,5, hasta conseguir una mezcla homogénea. Poner a calentar una sartén con una gota de aceite de oliva y engrasar toda la superficie con la ayuda de un papel de cocina. Cuando veamos que la sartén está caliente, verter un poquito de la mezcla hasta conseguir el tamaño de tortita que queramos. En un par de minutos aproximadamente, y cuando veamos que la masa hace burbujitas,  dar la vuelta y esperamos otro par de minutos.

Entre tortita y tortita podemos poner la fruta que queramos. En este caso y aprovechando que las fresas están de temporadas, fue lo que puse. Pero también las he probado con plátano y están igualmente deliciosas. Además puse también una deliciosa crema de cacao y avellanas que he preparado esta semana. Si queréis un extra de dulce, podéis poner un poquito de miel por encima.



¡Buen provecho!






 


jueves, 23 de marzo de 2017

La chica que nadaba los jueves



Podría llamarse también la chica de las rutinas. Porque la vida que fue imaginando y deseando y que poco a poco fue creando, la encaminó inexcusablemente hacia ellas. Adoraba las rutinas, imaginarlas y perfeccionarlas. Realizarlas. Le daban el equilibrio que necesitaba en el entramado de horas del día y asuntos que sacar adelante. Después odiaba las rutinas, porque la obligaban, la atrapaban y la ligaban a todo lo que deseaba inexcusablemente. Dudaba, “¿es lo que realmente quiero?”. En esas ocasiones cogía aire, se hacía rebelde y se abandonaba a la desidia. Pero inexcusablemente, volvía a sus rutinas, como quien vuelve a las drogas, al novio que promete una y otra vez algo que no va a dar… o como aquel que se refugia en su autoengaño favorito.


La chica que nadaba los jueves


Todos los jueves, invariablemente y de forma rutinaria, la bolsa del gimnasio llevaba en su interior un bañador. Negro. Un gorro de piscina. Azul. Unas gafas nuevas y panorámicas de natación. Rojas. Y negras. Probablemente era su rutina favorita. Desde aquella primera vez, con 16 años. La primera clase, 45 minutos. 15 de calentamiento, 30 de series. Hubo de seguir el ritmo del resto de la clase, para no entorpecer a los demás y no sentirse torpe. Cuando cogió el autobús de vuelta a casa, no pudo sentarse en el primer asiento libre. Tuvo que desplomarse sobre él. Mochila a las espaldas incluida. Viaje completo pensando en un enorme bocadillo de jamón y una coca cola. Cumplió su deseo al llegar a casa. Nunca algo tan básico le supo tan rico.

La etapa escolar no contaba. Ni siquiera comprendió nunca, ni asimiló, que los martes y los jueves se iba a la piscina; no para aprender a nadar, ni siquiera por hacer deporte. Sino para hacer hambre. Mamá se desesperaba con sus piernas de palillo y el filete frío después de una hora en el plato.

Realmente fue a los 16 cuando comenzó el proceso de sentirse nadadora. De ser y sacar lo mejor de sí misma. De hacer algo que realmente se le daba bien. Para si misma. Sin espectadores. Sin aplausos. Sin repercusiones.

Porque esa era otra de sus rutinas favoritas. La había creado sin darse cuenta, hasta que un día lo vio claro. Quería ser invisible, hacer sus actos invisibles, sus rutinas invisibles, su vida invisible. Y lo había conseguido. La chica invisible de las rutinas. El hecho, inexcusablemente, ocurría cuando había más de dos personas a su alrededor. Se hacía invisible. Si se cruzaba en el alboroto de la calle con personas conocidas, no la veían. En las fiestas pasaba lo mismo. Si bien ella adoraba su invisibilidad, a veces sacaba su lado oscuro, sus miedos y sus inseguridades y se preguntaba por qué la gente la obviaba de esa manera tan evidente. Incluso maleducada.

Pero los jueves, en la piscina, conseguía que su cuerpo, al contacto con el agua clorada, se hiciese visible. 40 minutos de piscina. Buscar, a ser posible, una calle libre. 40 minutos de visibilidad. Para ella misma. Allí sacaba lo mejor de si misma, las  mejores ganas, el mayor esfuerzo, la mejor recompensa al salir por la escalerilla. Largos de 25 metros, virajes inmediatos y otros 25 metros por delante.

El aire también se hacía visible. Sus burbujas. Y su sonido. El aire tenía sonido propio y marcaba el ritmo. Sonaba en cuatro tiempos cuando nadaba a crol. En un tiempo corto a braza. Sonaba a boca abierta de espaldas. Sin resuello.

Competir, por el rabillo del ojo y sin manifestar el duelo, con el tipo de barba hipster y ropa de vagabundo de la calle de al lado. Sabía lo de su ropa porque le había visto en la entrada. Él, sin embargo, no la había visto. Había más personas en la puerta, y claro, ella en esas circunstancias era invisible. No la vio hasta que se supo ganado, aún sin haber duelo manifiesto, vuelta tras vuelta, por la chica que nadaba en la calle de al lado.

La chica que nadaba los jueves no podía parar entre largo y largo. Como mucho para quitar el vaho de las gafas. Pero, antes del viraje, conseguía ver la sonrisa de admiración que le dedicaba el chico de la barba hipster. Y eso le servía para patear los pies con más fuerza, para sumergir el brazo con más limpieza y empujar el agua con la mano bien firme. Conseguir ser visible no sólo era bueno para ella. Decía mucho de la persona que conseguía verla. Las personas que conseguían verla se ganaban directamente su simpatía. Mucho más si conseguían verla fuera del agua. Sentía que algún hilo, algún pensamiento, algún deseo oculto, algún hecho o algún sueño o propósito les unía.

Si lo que estáis esperando es el comienzo de una historia de amor entre una chica que nadaba y un chico con barba y ropas harapientas… estáis equivocados.

La chica nadó. Victoria de nuevo en los últimos 25 metros. Salió del agua. Se hizo invisible. El chico nadó. Última derrota en 25 metros. Salió del agua. Buscó por las calles. Miró y remiró. La chica de la calle de al lado no estaba. Confundido fue hacia el vestuario de chicos, pensando si era posible desaparecer tan rápido como nadar. Ella, mucho más cerca de lo que él nunca podrá imaginar, sonrió y se encaminó al vestuario de chicas.

Porque lo realmente importante para la chica que nadaba los jueves eran aquellas personas que sabían verla desde el principio, sin trucos de magia, sin agua clorada, sin cuerpos ni palabras. Porque ver, lo que se dice VER, es mucho más que mirar. Y probablemente ni siquiera tenga mucho que ver con observar…

viernes, 3 de marzo de 2017

Bizcocho de plátano y chocolate con Thermomix

He hecho esta receta un par de veces y en ambas ocasiones no han quedado ni las migas. Por ello, se merece formar parte de mi recetario yummmy!!

Lo que más me gusta de este bizcocho es, por un lado que lleva harina integral, y por otro que lleva mogollón de plátano, lo que le da un sabor muy apetecible y natural.


Lo hice con la Thermomix, por lo que la receta incluye los pasos con la máquina. No obstante, no creo que suponga ningún obstáculo hacerlo de la manera tradicional.

Los ingredientes que vamos a necesitar son los siguientes:
  • 3 ó 4 plátanos
  • 150 gramos de azúcar moreno
  • 2 huevos
  • 110 gramos de aceite de girasol
  • 215 gramos de harina integral 
  • 1 sobre de levadura de repostería
  • Gotas de chocolate

Elaboración 

1. Ponemos los plátanos pelados en el vaso. Cuánto más maduros estén, mas jugoso nos quedará el bizcocho. 20 segundos en velocidad 5 y reservamos.
2. Ponemos los 2 huevos y los 150 gramos de azúcar moreno y programamos 3 minutos en velocidad 5.
3.  PonemosAñadimos los 110 gramos del aceite de girasol y programamos 1 minuto más en velocidad 5.
4. Ponemos los 215 gramos de harina integral y el sobre de levadura y programamos de nuevo 1 minuto en velocidad 5.
5. Por último, añadimos el puré de plátano reservado y las gotas de chocolate, (cantidad en función de nuestro gusto, aunque con 100 gramos es suficiente) y mezclamos durante 30 segundos a velocidad 4.
6. Ponemos la mezcla en el molde, y como siempre, unos 35-40 minutos al horno, a 180º. Mi horno es muy básico y mi truco para que no se me quemen los bizcochos y suban bien es, una vez metido el molde al horno, poner calor sólo abajo y calor arriba y abajo los últimos 10-15 minutos. Además, siempre hay que comprobar con un palillo, antes de aventurarnos a sacarlo, si está cocido por dentro.
7. Degustar y compartir. Garantizado que no quedará ni rastro.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Llegando a fin de mes

Febrero. Casi casi 28 días desaparecida de mi hogar virtual. Mi parte creativa ha estado adormecida, o quizá dedicada a coser disfraces de carnaval. Todas las madres lo sabemos: el tiempo que empleas en pensar el disfraz, buscarlo si tienes la suerte de que lo vendan o comprar los materiales y crearlo si no has tenido esa suerte, es inversamente proporcional al tiempo que dura el desfile de carnaval en el cole. Creo que por fin entiendo a los diseñadores de alta costura... ja!


No obstante, gracias a estos avatares, he pasado algunos de los mejores y más meditativos momentos del mes, dándole que te pego a la aguja y el dedal. Creo que para nuestras abuelas el bordado era el yoga y la meditación de la época. Y estoy segura que para mucha gente lo seguirá siendo hoy en día.

Febrero ha dado de sí en cuanto a estos temas introspectivos. Diréis que me paso de intensa, pero he descubierto que hay un tipo muy listo que ha determinado que hay 13 claves para ser feliz. Ni una más ni una menos. Se trata de Tal Ben-Sahar. El día que lo descubrí, gracias a una persona de mi entorno laboral que siempre me descubre cosas muy interesantes, comprobé que de la lista de 13, y sin ser condescendiente, habitualmente hago 6 de esas cosas. Ocasionalmente hago 4 de ellas. Y las otras 3, pues bueno... supongo que habrá que ponerles un poco de atención. Por de pronto, y tal y como os conté cuando os hablé del libro de Victor Küppers, "saludar y ser amable" está en mi campo de acción actual, aunque no conozca al saludado. Volviendo al profesor Tal Ben-Sahar, aquí os dejo un video que habla sobre esas 13 claves para ser feliz.

En Febrero he disfrutado de uno de los momentos que más me han centrado en los últimos meses: una clase de yoga integral de hora y media, aderezado con un masaje de treinta minutos. Todo cortesía de mi Rey Mago. El lugar elegido fue Diwali, pegadito a Madrid Río. Un local espectacular, del que salí con la pila más que cargada y con la sensación de estar en mi centro. Y con el convencimiento de que ahora que no hago yoga habitualmente debería sacar tiempo para una sesión de este tipo al menos una vez al mes.

Este mes he vuelto a recordar y poner en práctica eso de que cuando estás dando vueltas a la cabeza a algo, o tienes una tarea pendiente desde hace tiempo, no hay nada mejor que ponerse manos a la obra y quitárse el tema de encima. Ponerse manos a la obra no desgasta tanto como rumiar el tema sin parar. Al contrario, ponerse manos a la obra nos devuelve la energía. Y lo digo desde la experiencia que me otorga haber tardado 2 años desde que empecé a intentar arreglar un desperfecto en mi casa.

En el apartado lugares de Madrid para comer, le tocó el turno a Camarote Vintage. Estuve un día sola a finales de verano, mientras los niños disfrutaban de una obra de teatro con la tía y mientras el amor estaba en tierras lejanas. Es un sitio chulísimo, cuco y coqueto. Me quedé con ganas de cenar, así que este mes nos dejamos caer por allí y me encantó el ambiente que se respiraba. Recomendamos la pizza de provolone. Buenísima.

Dado que ha sido el mes de los Goya y de los Oscar, creo que debo dejar constancia de que he visto alguna peli que otra. Tarde para la ira, que en términos generales no me gustó. A juzgar por todos los premios que se llevó no seré yo quien diga nada en su contra. Pero tanto mal rollo, tanta violencia... se me quedó mal cuerpo. Inferno, basada en la novela de Dan Brown que no he leído. Las anteriores las leí y ver las pelis después me moló bastante. Supongo que me habré perdido bastante información y detalles al ver sólo la peli. Pero me entretuvo y me gustó. También fui al cine a ver Canta con los niños. Juro y perjuro que lo intenté evitar, porque era una peli que no me llamaba nada la atención. Pero a fin de cuentas, si se trata de ir al cine para ellos, habrá que tener en cuenta sus gustos. 2 o 3 puntos divertidos, pero me pasó sin pena ni gloria. Y por último, peliculilla light para acabar uno de esos días en que no estás para pensar mucho, Nunca entre amigos. Lo dicho, no da para mucho.

Con las lecturas ando un poco estancada, pero pronto espero contaros que he terminado el libro que tengo entre manos.  
 
Y poco más amigos. Sigo visitando mi Bibliobús, que cada día lo peta más. Sigo buscando recetas sabrosas (y sanas, a ser posible) que incorporar a mi recetario. He vuelto a retomar la rutina de gimnasio, porque en Enero ya lo daba casi por perdido. Tanto lo retomé que pasé una semana en la que bajar cualquier escalera era deporte de riesgo: tal fue la sobrecarga muscular que mis piernas no me sujetaban. Y... ¡¡he vuelto a nadar!! No se por qué dejo de hacer cosas que me gustan. Bueno sí lo sé, no nos engañemos. Pero he descubierto que a 5 minutos de mi trabajo tengo un polideportivo genial y no voy a desaprovechar la oportunidad.


En Febrero cumplí 2 de los 3 objetivos que me había propuesto. Y sumé uno nuevo que tengo pendiente: hacer la lista de las cosas que más me gusta hacer para no perderlas de vista, y hacerlas siempre que pueda.
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